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PorCentral de Melipilla

Las actividades humanas han dañado el 75% de la superficie terrestre

Tan sólo queda un 25% de la superficie terrestre libre de los impactos sustanciales provocados por las actividades humanas. Y dicho porcentaje se reduciría a un mero 10% en 2050, de acuerdo con proyecciones de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES).

“Solamente algunas regiones de los polos y los desiertos, y las partes más inaccesibles de los bosques tropicales siguen intactas”, afirmó el sudafricano Robert Scholes, uno de los coordinadores del informe temático sobre Degradación y Restauración de Tierras Degradadas dado a conocer por la IPBES el pasado 26 de marzo en Medellín, en Colombia

Los 129 países miembros de la entidad aprobaron el documento completo y un sumario para tomadores de decisión durante la 6ª Reunión Plenaria que tuvo lugar entre los días 17 y 24 de marzo.

De acuerdo con el texto, hasta el año 2014, más de 1.500 millones de hectáreas de ecosistemas naturales se convirtieron en áreas agrícolas. Plantaciones y pasturas cubren actualmente más de una tercera parte de la superficie del planeta. “Los procesos más recientes de deforestación están produciéndose en las zonas del globo más ricas en biodiversidad”, afirmaron los autores en el texto.

De acuerdo con Scholes, puede definirse que la degradación es el proceso que lleva a un ecosistema terrestre o acuático a sufrir una declinación persistente de las funciones ecosistémicas y de la biodiversidad. “Es cuando la capacidad de sostener la vida –humana o no– de una determinada región se ve disminuida en forma persistente”, explicó.

En el informe se apunta que la expansión no sostenible de áreas dedicadas a la agricultura y a la ganadería constituye una de las principales causas del problema, que tiende a agravarse con la creciente demanda de alimentos y biocombustibles. Según los autores, el uso de pesticidas y fertilizantes se duplicaría en 2050.

“Esos productos químicos en exceso contaminan no solamente el suelo sino también los sistemas acuáticos, y terminan por afectar a las zonas costeras. Ya tenemos centenares de áreas muertas en zonas como el Golfo de México, y esto sucede debido a la forma de manejar la tierra. Por ende, ésta es también una cuestión de seguridad hídrica y de preservación de las costas”, dijo Robert Watson, presidente de la IPBES.

Otro factor importante que ha contribuido a la degradación de los ecosistemas, de acuerdo con los científicos de la IPBES, es el estilo de vida de alto consumo de los países desarrollados, como así también el consumo creciente que se ha registrado en los países en desarrollo.

El combate contra este problema, según sostienen, pasa necesariamente por la adopción de una dieta más sostenible, con menos productos de origen animal y una mayor preocupación con los métodos que se emplean en la producción de los alimentos y demás productos consumidos.

“No estamos diciendo que la gente deje de comer carne, sino que se preocupe con el modo de producción de la misma. Y por encima de todo, hay que terminar con el desperdicio de comida. En la actualidad, entre el 35% y el 40% de lo que se produce en los países desarrollados no se aprovecha”, dijo Watson.

Para el italiano Luca Montanarella, otro coordinador del informe, es necesario hacer un esfuerzo de comunicación que ayude a los habitantes de las áreas urbanas a reconectarse con la tierra que los alimenta.

“Esperamos que la solución de problemas como éste venga de afuera; pero nosotros, como consumidores, tenemos nuestra carga de responsabilidad. Estamos dispuestos a pagar caros los celulares o las computadoras, pero queremos que la comida sea barata. Y no nos percatamos de los impactos de nuestras elecciones alimentarias, pues a menudo los mismos se manifiestan en áreas distantes”, dijo.

Para Montanarella, la degradación de la superficie terrestre constituye un problema que debe resolverse localmente, pero en un contexto global. A juicio de Scholes, los subsidios que les ofrecen los gobiernos a los productores rurales tienden a promover una expansión no sostenible de la producción, ya que les permiten correr más riesgos.

“Es posible incrementar la producción sin avanzar sobre áreas naturales y sin un uso excesivo de productos químicos. La intensificación abarca una gran parte de la respuesta, pero por medio de una mejora de las prácticas de manejo de la tierra, promoviendo el ciclo de nutrientes, por ejemplo”, afirmó.

Para Scholes, Brasil se encuentra en una posición favorable para afrontar estas cuestiones pues ha fortalecido en el transcurso de los últimos años su capacidad de realizar investigaciones científicas, y porque cuenta con expertos capaces de orientar soluciones.

“Existe un clamor político por el fin de la deforestación y de la destrucción de áreas inundables. Tenemos una oportunidad de empezar a hacer las cosas de una manera mejor. Hay espacio en el mercado para ello. La gente cuestionará cada vez más si los productos que compran provenientes de Brasil son buenos o malos [desde el punto de vista ambiental]”, dijo Scholes.

Watson reconoce que la producción de biocombustibles, soja y carne constituye actualmente la base de la economía brasileña, y afirma que la misma es valiosa para muchos otros países. “El reto consiste en producir esos bienes de una manera más sostenible. Avanzar en dirección hacia las buenas prácticas. Existe un modo más astuto de hacerlo y ése sería un gran aporte de Brasil.”

De acuerdo con el informe de la IPBES, los procesos de degradación de la tierra comprometen actualmente el bienestar de dos quintos de la humanidad: son 3.200 millones de personas. Ésta ha sido una de las principales causas de la migración humana, lo que a su vez está relacionado con la intensificación de conflictos entre los pueblos y el empobrecimiento de las poblaciones, a juicio de Watson.

“La degradación de la superficie terrestre nos está llevando hacia la sexta extinción masiva de especies”, advirtió Scholes.

Para los autores del informe, los procesos de degradación, la pérdida de biodiversidad y los cambios climáticos constituyen las tres caras de un mismo problema: un factor intensifica al otro y no puede combatírselos aisladamente.

De acuerdo con el documento, los procesos de degradación contribuyen fuertemente con el cambio climático, tanto por las emisiones de gases de efecto invernadero resultantes del desmonte como por la liberación del carbono anteriormente almacenado en el suelo. Se liberaron 4.400 millones de toneladas de CO2 solamente entre los años 2000 y 2009, según la IPBES.

“Dada la importancia de la función de secuestro y almacenamiento de carbono por el suelo, la disminución y la reversión de los procesos de degradación de la tierra pueden aportar más de un tercio de las actividades de mitigación de las emisiones de gases de efecto invernadero necesarias hasta 2030 para mantener la elevación de la temperatura media de la Tierra por debajo de los 2 °C, tal como se lo propuso en el Acuerdo de París, aparte de incrementar la seguridad alimentaria e hídrica y morigerar los conflictos relacionados con las migraciones”, dijeron los científicos.

Otro objetivo del informe temático consistió en evaluar los procesos de restauración de tierras degradadas ya concluidos o aún en curso. Tal como explicó Scholes, quedó definida como restauración cualquier iniciativa intencional de acelerar la recuperación de ecosistemas degradados.

“Establecimos una diferenciación entre restauración y rehabilitación. Esta última corresponde a las iniciativas orientadas a recuperar algunas de las funciones críticas de la tierra y crear condiciones para que ésta quizá pueda recuperarse. Pero puede que no sea posible retornarse a lo que era antes de la degradación en muchos lugares”, explicó

Según Scholes, la restauración de áreas agrícolas degradadas, por ejemplo, puede significar devolverle al suelo su calidad original, como así también la promoción de la integración de cultivos agrícolas, la cría de animales y la silvicultura.

Las iniciativas exitosas en áreas anegables abarcan el control de las fuentes contaminantes y la nueva inundación de áreas húmedas perjudicadas mediante el drenaje. Para las áreas urbanas, las opciones son la planificación espacial, el plantío de especies nativas, el desarrollo de “infraestructura verde” (parques y ríos), la rehabilitación de suelos contaminados y cubiertos (bajo asfalto, por ejemplo), el tratamiento de las aguas residuales y la restauración de canales fluviales.

Para los científicos, la solución de este problema requiere la integración de las agendas agrícola, forestal, energética, hídrica y de infraestructura y servicios. A su vez, esto demanda la implementación de políticas coordinadas entre los distintos ministerios, a los efectos de incentivar prácticas más sostenibles de producción y de consumo de commodities simultáneamente.

Los beneficios que se obtienen con la restauración de áreas degradadas exceden más de 10 veces el costo de estas iniciativas, de acuerdo con la IPBES.

“La implementación de las acciones adecuadas puede transformar la vida de millones de personas en el planeta. Sin embargo, cuanto más tardemos para actuar, más difícil y cara se volverá la reversión del problema”, afirmó Watson.

De acuerdo con Carlos Alfredo Joly, coordinador de la Plataforma Brasileña de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (BPBES), la degradación se hace presente en todos los biomas y regiones brasileñas. Pero es más intensa en áreas donde la ocupación humana es más antigua, tal como es el caso del Bosque Atlántico.

Según datos del Departamento Forestal del Ministerio de Medio Ambiente de Brasil (MMA), hay en el país 200 millones de hectáreas de territorios degradados.

Pero también existen ejemplos exitosos de restauración en el país, subrayó Joly: uno de los más antiguos data de la época del Imperio, en el siglo XIX.

“La restauración de la Selva de Tijuca, en Río de Janeiro, fue una decisión del emperador Pedro II basada en una recomendación del consejero José Bonifácio de Andrada e Silva, para recuperar y proteger las cabeceras de ríos que abastecían a la ciudad. El monarca determinó la expropiación de tierras de hacendados y nobles situadas en las laderas del macizo que divide a la ciudad al medio, a los efectos de recomponer esa área que ya en el siglo XIX se encontraba ocupada casi totalmente por haciendas, pasturas y cultivos de café. Pocos turistas que visitan actualmente el Parque Nacional de Tijuca saben que están caminando en un área restaurada”, dijo Joly, que también coordena el BIOTA – Programa de Investigaciones para la Caracterización, la Conservación, la Restauración y el Uso Sostenible de la Biodiversidad, de la Fundación de Apoyo a la Investigación Científica del Estado de São Paulo – FAPESP.

Otro buen ejemplo actualmente en pleno desarrollo es el Pacto por la Restauración del Bosque Atlántico. El BIOTA toma parte en el mismo a través de investigadores como Ricardo Ribeiro Rodrigues y Pedro Brancalion.

Los datos del BIOTA también sirvieron de base para la redacción de la norma de la Secretaría de Medio Ambiente del Estado de São Paulo tendiente a regular la restauración ambiental en la zona.

Rodrigues y Brancalion –ambos miembros del BIOTA y de la BPBES– se encuentran entre los brasileños que integraron el equipo de científicos que elaboró el informe dado a conocer en marzo por la IPBES, al igual Jean Paul Metzger. También hicieron sus aportaciones Marina Morais Monteiro (Universidad Federal de Goiás), Geraldo Wilson Fernandes (Universidad Federal de Minas Gerais), Simone Athayde (University of Florida, Estados Unidos) y Daniel Luis Mascia Vieira, de la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria – Embrapa.

Para elaborar el documento, más de 100 autores de 45 países revisaron más de 3 mil fuentes de información entre artículos científicos, informes de gobiernos y reuniones con representantes de comunidades aborígenes y locales.

“El texto pasó por un extenso proceso de revisión por pares y fue mejorado con más de 7.300 mil comentarios de revisores externos. Asimismo, el sumario para tomadores de decisiones fue ampliamente debatido con los representantes de los países que integran la IPBES. El objetivo de dicho debate es incrementar la relevancia del contenido para la formulación de políticas públicas”,

Fuente:  AGÊNCIA FAPESP

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Descubren los indicios de terremotos que han afectado a las costas de Chile durante los últimos 9.000 años

Un equipo científico ha descubierto la huella geológica de los terremotos y tsunamis que han afectado a la región de Aysén (Chile) desde hace más de 9.000 años. La nueva investigación contribuirá a mejorar la evaluación del riesgo sísmico en una amplia zona del continente americano afectada por sismos de distinta intensidad, y ha sido dirigida por los expertos Galderic Lastras, profesor de la Facultad de Ciencias de la Tierra y miembro del Grupo de Investigación Consolidado Geociencias Marinas de la Universidad de Barcelona (Catalunya, España), ​​y Maarten van Daele y Katleen Wils, del Centro Renard de Geología Marina, del Departamento de Geología de la Universidad de Gante (Bélgica).

Publicado en la revista Journal of Geophysical Research: Solid Earth, el trabajo ha permitido elaborar el primer registro paleosismológico de la zona de falla de Liquiñe-Ofqui (LOFZ), una megaestructura geológica de gran complejidad que atraviesa el sur de Chile y que está relacionada con la actividad sísmica en el país andino.

La zona de fractura LOFZ, que se extiende a lo largo de más de 1.000 kilómetros en dirección norte-sur en Chile, es una megaestructura geológica implicada en el vulcanismo activo y la formación del relieve en este país andino. Es una región de peligro sísmico, con volcanes activos -como el Macá, el Hudson y el Mentolat- y relieves escarpados que pueden amplificarr los efectos de los fenómenos geológicos más violentos.

En esta zona, el fiordo de Aysén es un modelo de referencia para estudiar procesos geológicos -sismos, tsunamis, etc.- que pueden ser una amenaza para la población local. Tal como explica Galderic Lastras, «el fiordo de Aysén está atravesado por este gran sistema de fallas (LOFZ) que da lugar a terremotos locales de magnitud moderada, como la crisis sísmica de 2007». El sismo principal de esta crisis -de magnitud 6,2- causó decenas de deslizamienientos y un tsunami local, con víctimas mortales y daños importantes en piscifactorías.

«Este fiordo, además, esta relativamente cerca del límite de convergencia entre las placas tectónicas Sudamericana y de Nazca, una zona de subducción sísmicamente muy activa que genera terremotos de gran magnitud», indica Lastras, experto en cartografía submarina y jefe de la campaña oceanográfica DETSUFA que cartografió la huella geológica de los deslizamientos submarinos en Aysén.

Cuando se produce un terremoto -moderado o intenso- los taludes de las montañas que rodean el fiordo de Aysén pueden desestabilizarse. Las masas de tierra y piedras pueden desprenderse y resbalar por las pendientes hasta llegar al fiordo, causando tsunamis locales con un gran riesgo asociado para la población, ya que el tiempo para enviar una alerta es extremadamente corto. La huella geológica de los desprendimientos -acumulados en el fondo del fiordo y separados por sedimentos fluviales- es visible hoy en día en eel registro sedimentario.

Según explica Maarten van Daele, investigador posdoctoral experto en depósitos sedimentarios generados por corrientes de turbidez, «la fuerte sacudida sísmica activa los desprendimientos terrestres y subacuáticos. Estos materiales quedan enterrados en el fiordo y los podemos localizar utilizando métodos geofísicos. En el estudio, también hemos recuperado testigos de sedimento, que nos permiten datar los desprendimientos mediante el análisis de radiocarbono en la materia orgánica contenida en el sedimento».

En combinación con otras técnicas geofísicas —sísmica de reflexión, geoquímica de cenizas volcánicas, etc.-, el equipo científico ha elaborado el primerr registro paleosísmico de la zona de falla de Liquiñe-Ofqui. «Por primera vez -detalla Van Daele- tenemos una idea aproximada de las tasas de recurrencia de terremotos a lo largo de esta falla. Aunque sería necesario realizar más estudios similares a lo largo de la falla, este es un avance importante para mejorar la evaluación del riesgo sísmico en la región».

Los terremotos pueden desestabilizar los taludes y generar desprendimientos de tierra y rocas, pero en ellos participan otros factores -por ejemplo, una estación lluviosa- que pueden favorecer la inestabilidad ddel suelo. Por ello, aunque los expertos han podido identificar la señal de diez terremotos en el fiordo de Aysén -incluido el más reciente, de 2007-, el número de episodios violentos es seguramente superior, ya que no todos los terremotos causan un deslizamiento significativo.

Según explica Katleen Wils, investigadora predoctoral de la Universidad de Gante y primera autora del estudio, «sabemos que estos desprendimientos se produjeron por un desencadenante común: un terremoto. En la región de Aysén, la principal fuente de riesgo sísmico proviene de la falla LOFZ -más que de la zona de subducción- y hemos podidoido constatar episodios de intensidades similares a la de 2007 -de nivel IX en una escala I-XII- que correspondenden a episodios violentos y daños considerables».

Según los datos, seis de los episodios analizados tuvieron lugar en el fiordo durante los últimos 9.000 años, mientras que los cuatro restantes son aún más antiguos. «Todo esto indica que existe un peligro sísmico significativo en la región, que está causado tanto por la zona de subducción como por la LOFZ», apunta Wils, experta en geofísica y en el estudio de la estabilidad de los fondos oceánicos.

No obstante, si bien la sucesión temporal de los terremotos registrados en el fiordo de Aysén está clara, «no es posible tener una idea demasiado precisa de su magnitud», advierte Galderic Lastras. «Sin embargo, uno de los eventos identificados -como mínimo- tiene una edad similar (1.900-2.100 años antes del presente) a la de un depósito de tsunami descrito en el lago costero de Huelde, en la isla de Chiloé, y a la de una turbiditas del lago Riñihue. Poder identificar señales de un episodio en puntos relativamente alejados es un indicio de un posible terremoto de gran magnitud, que probablemente se ha originado en la zona de subducción».

Tal y como apuntan los autores, las conclusiones revelan que la LOFZ es un sistema de fallas activo que debería ser caracterizado con más detalle en futuras investigaciones, para poder ampliar los resultados obtenidos en el laboratorio natural del fiordo de Aysén.

El registro paleosismológico de más de 9.000 años en el fiordo de Aysén es un testimonio excepcional de la historia geológica de la región. Comprender en qué momento se han producido los terremotos en el pasado es imprescindible para hacer un pronóstico de la tasa futura de ocurrencia de sismos. En una región como la de Aysén -deshabitada hasta mediados del siglo XIX pero sísmicamente activa por su configuración geológica- el registro histórico es inexistente.

Ante la incertidumbre, la investigación geológica es una herramienta imprescindible para contar la historia no escrita de los episodios más violentos que sacudieron la región. «Es importante conocer tanto como sea posible la actividad paleosísmica de la región. Esto implica, por tanto, aplicar la tecnología y los conocimientos científicos más indicados para mejorar las valoraciones del riesgo sísmico y mitigar los efectos de las catástrofes naturales en beneficio directo de toda la sociedad», apuntan los autores.

Fuente: U. de Barcelona

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Vigilancia más precisa de la pérdida de hielo que sufre la Antártida.

Un nuevo estudio basado en una técnica innovadora para analizar cantidades ingentes de datos satelitales proporciona la imagen más clara hasta la fecha de los cambios en el flujo de hielo antártico que discurre hacia el mar. Lo hallado confirma la aceleración de las pérdidas de hielo desde la capa antártica occidental, y revela tasas sorprendentemente estables de flujo procedente de su vecina en el este, que es mucho mayor.

La nueva técnica, basada en visión por ordenador, analizó datos procedentes de cientos de miles de imágenes de los satélites Landsat de la NASA y del USGS (U.S. Geological Survey, el servicio estadounidense de prospección geológica), para determinar con alta precisión los cambios ocurridos en el movimiento de las capas de hielo.

El nuevo trabajo proporciona un punto de referencia con el cual comparar mediciones futuras de los cambios en el hielo antártico y puede usarse para validar modelos numéricos de las capas de hielo, necesarios para confeccionar predicciones razonablemente fiables sobre el aumento del nivel del mar. También abre la puerta hacia un procesamiento más rápido de cantidades masivas de datos de otras clases.

“Estamos entrando en un nueva era”, enfatiza Alex Gardner, miembro del equipo de investigación y científico del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, en Pasadena, California, Estados Unidos. “Cuando empecé a trabajar en este proyecto hace tres años, existía un único mapa del flujo de las capas de hielo, el cual se hizo con datos recogidos a lo largo de 10 años, y que fue revolucionario cuando se publicó en 2011. Ahora podemos cartografiar dicho flujo de hielo sobre casi todo el continente, cada año. Con estos nuevos datos, podemos empezar a desentrañar los mecanismos por los cuales el flujo de hielo está acelerándose o ralentizándose en respuesta a las cambiantes condiciones ambientales”.

El innovador método del equipo internacional de Gardner ha permitido confirmar en líneas generales los hallazgos anteriores de estos científicos, aunque con unas pocas e inesperadas sorpresas. Entre las más notables se halla una aceleración previamente no medida del flujo de glaciares hacia la Plataforma de Hielo Getz de la Antártida, en la parte sudoccidental del continente, resultado probablemente de un adelgazamiento de la plataforma.

En la investigación también se identificó la aceleración más rápida de los glaciares antárticos durante los siete años del periodo de estudio. Los glaciares que alimentan a la bahía Margarita, en la península antártica occidental, incrementaron su ritmo de flujo de 400 a 800 metros por año, posiblemente en respuesta al calentamiento oceánico.

Sin embargo, el mayor descubrimiento del equipo de investigación quizá sea el flujo estable en la Capa de Hielo de la Antártida Oriental. Durante el periodo estudiado, de 2008 a 2015, la capa no había en esencia cambiado su ritmo de descarga de hielo (el flujo de hielo que entra en el océano). Si bien en investigaciones anteriores se había inferido un alto nivel de estabilidad para esta capa de hielo, basándose sobre todo en mediciones de cambios gravitacionales y de volumen, jamás se había medido directamente esta ausencia de cambios significativos en la descarga del hielo.

FUENTE: Noticias de la Ciencia

Información adicional:  https://www.jpl.nasa.gov/news/news.php?feature=7065

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Una supercolonia de pingüinos Adelia aparece en la Antártida.

Hasta hace muy poco, nadie creía que los islotes Peligro, situados en el extremo norte de la Antártida, pudieran ser un hábitat importante para los pingüinos. La lejanía de este archipiélago, su difícil acceso, así como sus traicioneras aguas lo convertían en un lugar realmente inhóspito para cualquier especie.

Sin embargo, las manchas de excrementos de aves observadas en 2014 en los islotes por satélites de la NASA fueron reveladoras. Allí parecía vivir un gran número de pingüinos. Para asegurarse de su descubrimiento, un equipo compuesto por Heather Lynch, de la Unversidad de Stony Brook (EE UU) y Stéphanie Jenouvier, de la Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI), y otros científicos de la Universidad de Oxford (Reino Unido), organizó una expedición a las islas para contar de primera mano las aves.

Cuando llegaron en 2015 los investigadores se encontraron cientos de miles de pingüinos que anidaban en el suelo rocoso de las islas. Los resultados, publicados ahora en la revista Scientific Reports, revelan que más de 1,5 millones de pingüinos Adelia (Pygoscelis adeliae) se ocultaban en este aislado paraje, convirtiéndose en la mayor colonia de pingüinos de toda la Antártida.

“Los islotes Peligro no solo cuentan con la mayor población de pingüinos Adelia, sino que también parecen no haber sufrido las disminuciones poblacionales que se observan en la parte occidental de la península antártica debido el cambio climático”, indica Michael Polito, coautor del trabajo e investigador en la Universidad Estatal de Luisiana.

Debido al alto número de individuos, contaron con la ayuda de un dron comercial que se adaptó para tomar imágenes aéreas de todas las islas. “El dron te permite sobrevolar una zona concreta de la isla y tomar fotografías cada segundo. Luego las unes en una gran collage que muestra toda la masa terrestre en 2D y 3D”, dice Hanumant Singh, profesor de Mecánica e Ingeniería Industrial en la Northeastern University que desarrolló el sistema de navegación y el escaneo de imágenes. Una vez disponibles, esas imágenes sirvieron para buscar pixel por pixel nidos de pingüinos gracias a un software.

“La precisión del dron fue la clave”, explica Polito. Según los científicos, el número de pingüinos en los islotes Peligro proporcionará información sobre la dinámica de la supercolonia y sobre los efectos del cambio de temperatura y hielo marino en la ecología de la región.

“La población de Adelia del este de la Antártida es diferente de la que vemos al oeste, por ejemplo. Queremos entender por qué. ¿Está vinculada a la condición de hielo marino extendido allí? ¿A la disponibilidad de alimentos? Es algo que aún no sabemos”, subraya Jenouvier de la WHOI.

Con este hallazgo, los investigadores también esperan que se reconsideren ciertas zonas para convertirse en Áreas Marinas Protegidas. “Como las propuestas para estas áreas se basan en la mejor ciencia disponible, esta publicación ayudará a resaltar la importancia de esta zona para su protección”, concluyen.

 

Fuente: SINC